Hay
periodistas que estamos tan envueltos en la maraña de los medios
que nos cuesta escribir sobre el ambiente donde creemos nadar
como peces en el agua. A mi -perdón, pero las confesiones se escriben
en primera persona- me pasa seguido. Es más: no sé de qué extraña
región de mi neurocórtex saco fuerzas cada vez que debo pontificar
sobre cualquier cuestión relacionada con el llamado pensamiento
crítico y el modo en que éste se inserta en los medios. Iré
con cuidado, no quiero dar palazos de ciego sino tratar de encender
una velita en el oscuro fragor de los talk-shows, los reality-shows
y los pseudosesudos debates de medianoche en cables de
mala muerte. Por eso, primero, paso a enumerar los motivos por
los cuales a este periodista le cuesta "deconstruir" su oficio.
Primera razón. No es fácil observar el propio papel cuando
uno descubre horrorizado que a menudo es otro ladrillo en la pared.
No soy perfecto y acepto mis contradicciones: a veces me comporto
como un engranaje del sistema que repudio: atrapado por la inmediatez
y las presiones de la mano que me da de comer, me veo actuando
contra los principios que defiendo. Y me detengo aquí: estas líneas
pretenden ser algo más que la catarsis de un periodista a punto
de soltar parte del lastre de veinte años de oficio encima (y
sólo parte, digo, porque no quisiera concluir con un hagan
de mis despojos lo que quieran.)
Segunda razón. Cualquier análisis de los medios desde
adentro impone una dosis razonable de autocrítica y -aun siendo
impiadosos- uno siempre será sospechoso de esconder ases en la
manga. ¿Qué valor de análisis tiene la "confesión" de cualquier
autoproclamado ómbudsman de su actividad? Tal vez, el mismo que
le otorgamos al testimonio (parcial) de un arrepentido: podemos
estar ante la tuerta visión de un resentido que, para colmo, maneja
un puñado de palabras que le permiten fingir cierta (engañosa)
equidistancia. Con todo, en defensa de la necesidad de ventilar
los trapitos sucios del oficio, digo: si no fuimos capaces de
convertirnos en paladines de la ética periodística, al menos seamos
heroicos al confesar nuestras miserias.
Tercera razón. Siempre me costó demostrar por qué llegué
a la conclusión de que me parece preferible promover la divulgación
científica de lo paranormal -para mí una forma no militante de
ejercer el escepticismo-, antes que la (igualmente necesaria)
actividad desmitificadora de organizaciones como el CSICOP. Elegí
el camino de la divulgación, pero sé que no es el único ni el
mejor: existen diversas maneras -no excluyentes y por tanto simultáneamente
válidas- de ejercer el pensamiento crítico. Somos muchos los que
compartimos la misma intención de fondo: contagiar el espíritu
transgresivo del método científico se nos antoja una gesta maravillosa.
Sin embargo, no todos coincidimos en que se pueden tomar diferentes
vías para alcanzar el mismo objetivo. En este caso no creo en
"estrategias superiores a otras" por la sencilla razón de que
existe una diversidad de audiencias: cada cual puede tener sus
propios interlocutores. [1]
Ya expliqué por qué me cuesta hablar de periodismo y escepticismo.
Ahora, paso a detallar algunos de los motivos por los cuales decidí
exponer aquí el asunto:
La noción popular sobre la "objetividad periodística".
La objetividad suele ser proclamada como un modo elegante de encubrir
la… falta de objetividad. Lejos de suscribir el latiguillo según
el cual "mi peor defecto es la sinceridad", entiendo, con Umberto
Eco, que el primer paso en camino a cierta objetividad
(que no es más que una "tensión hacia la verdad", es decir, un
ideal deseable en pos de un relato periodístico veraz), es "asumir
la responsabilidad de no ser objetivos, de manifestar la propia
posición". [2] La compleja trama de los acontecimientos,
el papel que jugaron sus diferentes protagonistas y las relaciones
entre éstos y los presuntos hechos, son factores que -según cómo
son presentados- dan lugar a interpretaciones equívocas. Por eso
tranquiliza conocer la opinión del periodista, cuyos informes
no son -ni en el mejor de los casos- espejos pulidos de la realidad
sino eslabones (siempre sesgados) de la cadena informativa. Como
escribió Miguel Rodrigo Alsina, el periodista es un "productor
de la realidad social": [3] creer en su objetividad
sería suponer que él no está jugando ningún papel en la suma de
pequeños relatos con que a diario construimos "el gran relato
del mundo". En nombre del mito del periodismo objetivo
se oculta el sistema de producción de las noticias: intereses,
ideologías y causas a cuya defensa se arrojan propietarios, administradores
y anunciantes de los medios de difusión (para no hablar de las
promiscuas relaciones que se establecen entre ellos).
La existencia de un "periodismo independiente". Bueno,
las excepciones existen. Nunca falta el periodista que se enorgullece
de ejercer su oficio con independencia, recursos suficientes y
libertad para expresar lo que desee incluso cuando contradice
los intereses de los dueños de los medios o de los anunciantes.
(Si alguien conoce a esta excepción, que me la presente: siempre
es bueno conocer gente nueva…)
El folklore según el cual "el dinero todo lo puede". Sobre
este asunto circulan abundantes lugares comunes que entronizan
ideas falsas. Ejemplo: no es necesariamente cierto que la mayoría
de los periodistas canallas venden sus espacios al mejor postor:
a menudo son vagos, imbéciles o ambas cosas. En la TV argentina
había un programa de entrevistas cuyo conductor, a modo de despedida,
solía invocar a un espíritu. No, no era el espíritu de ningún
difunto: "espíritu crítico", le llamaba. Pero sus reportajes eran
tan complacientes que apestaban. ¿Era un vendido? Quizá
no, es más probable que su indulgencia buscase asegurar la presencia
del entrevistado en una próxima ocasión que juzgarlo con excesiva
suspicacia.
¿Importa más "decir la verdad" que exponer cómo alcanzarla?
"Ser escéptico", en la actual cultura de masas, equivale a tener
posición tomada, y no me parece en absoluto deseable ser etiquetado
antes que ser escuchado. Por eso, si me invitan a un programa
de TV, declino con amabilidad que el rotulador electrónico tipee
bajo mi nombre un estigma -periodista escéptico, por ejemplo-
que desvía el foco de atención de las pocas cosas interesantes
que uno pudiera tener para decir. El público tiene una idea estereotipada
sobre los comunicadores que contradicen mitos, leyendas y falacias.
Más aún, por no ser despectivo, he aprendido de los antropólogos
a llamar cultura popular a asuntos cuya credibilidad se
podría "destruir" en ocho palabras, invocando el principio de
autoridad. Por ejemplo: "Esa luz extraña no prueba que nos visiten
extraterrestres" (porque se lo digo yo). Uno, en cambio,
puede ser respetuoso, gentil y brindar toda la información posible
para orientar al público en la dirección del sentido común. Nos
llevará más tiempo, nos pueden quitar el micrófono y -si el programa
no sale en vivo- correremos el riesgo de ser editados (léase:
manipulados). Pero sembrar la semilla de la duda es una inversión
a largo plazo: presentar un ejemplo vivo de cómo razonar ante
una afirmación extraordinaria permite que ese razonamiento luego
sea aplicado a otras cuestiones, y las opiniones personales tienen
un alcance mucho más restringido. Pedir que te crean, aunque te
asista toda la razón del mundo, no es tan servicial, didáctico
e instructivo como informar. Y antes que predicar o tratar de
convencer, lo que cuenta es mostrar que existe otra manera de
reflexionar.
Notas
- Deseamos influir sobre los demás, y a veces
parecemos tener codificado una suerte de "destino genético"
que pretende alcanzar, o al menos rozar, La Utopía de La Integración
Perfecta. Algunos somos así, perpetuos e ilusos buscadores de
la homogeneidad, más interesados en que "los otros se nos parezcan"
en vez de la más modesta -y realizable- misión de ser idóneos
comunicadores de conocimientos y valores, para que los aprovechen
quienes deseen servirse de ellos.
- Eco, Umberto; en "Obbietivitá dell'informazione:
il dibattito teorico e le trasformazioni della societá italiana",
en Informazione. Consenso e disenso, VV.AA., Il Saggiatore,
Milan, 1979. Citado por Alsina (1993).
- Alsina, Miguel Rodrigo. La construcción
de la noticia (Paidós Comunicación, Barcelona, 1993).
Alejandro Agostinelli es periodista, productor de televisión
y editor de www.dios.com.ar