Pocos términos resultan más confusos a priori que la expresión
literatura histórica. ¿Qué queremos señalar al definir
una obra como tal? Al igual que sucede con otra expresión igualmente
equívoca, la de ciencia-ficción, podríamos creer que es
muy sencillo, que su definición está contenida en las propias
palabras que las forman. En realidad el problema es mucho más
complejo.
Si decimos que una obra pertenece a la literatura histórica
sólo podemos dar por sentado que una creación literaria contiene
elementos históricos, pero nada nos dice sobre la relación existente
entre ambas partes del binomio. Simplificando la cuestión, un
escritor puede tener tres actitudes distintas, riguroso respeto
al marco histórico, vulneración parcial de la historia, invención
de la historia. Evidentemente, de esas actitudes nacen obras muy
diferentes que, sin embargo, se consideran pertenecientes a un
mismo género, ese cajón de sastre que llamamos literatura histórica.
Como decimos en España, "no todo el monte es orégano"
y el problema aparece con cosas como El código da Vinci,
que comienza con la siguiente afirmación mendaz: "El Priorato
de Sión -sociedad secreta europea fundada en 1099- es una organización
real. En 1975, en la Biblioteca Nacional de París se descubrieron
unos pergaminos conocidos como Les Dossiers Secrets, en los que
se identificaba a numerosos miembros del Priorato de Sión, entre
los que destacaban Isaac Newton, Sandro Botticelli, Víctor Hugo
y Leonardo da Vinci." "Todas las descripciones de obras
de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen
en esta novela son veraces." (Pág. 11)
Nada más alejado de la realidad que esa pretensión de veracidad.
En efecto, Los Archivos Secretos del Priorato de Sión existen
y están en la Biblioteca Nacional de Francia en París. Consisten
en una serie de recortes de prensa, árboles genealógicos, cartas...
cuya recopilación se atribuye a un tal Henri Lobineau. Ahora bien,
Lobineau no existe y tales documentos son una falsificación que
fue introducida en la Biblioteca Nacional en fecha indeterminada
pero reciente. Las investigaciones del periodista francés Jean-Luc
Chaumeil demuestran que tales documentos fueron creados por Pierre
Plantard y Philippe de Chérisey y propagados por el escritor esoterista
francés Gérard de Sède (L´Or de Rennes) [1]
primero y después por los británicos Baigent, Leigh & Lincoln
(The Holy Blood and the Holy Grail) [2]
pese a que tanto uno como otros eran consciente de la falsificación
en la que apoyaban su "investigación". En 1971 un conflicto por
los derechos de autor del libro de Gérard de Sède entre el escritor
y Philippe de Chérisey destapó todo el asunto al reconocer éste
que los pergaminos eran obra suya. Fue inútil. Los documentos
falsificados fueron y son admitidos como auténticos por los escritores
esoteristas. [3]
Sobre esta base inventada edifica Mr. Brown su novela que el
Chicago Tribune considera "historia fascinante y documentada
especulación que vale varios doctorados." La verdad, con esos
críticos tan incompetentes uno comienza a entender mejor lo que
pasa en los EEUU porque, además de los disparates ajenos, el escritor
norteamericano añade otros de su propia cosecha. Veamos unos cuantos
de los múltiples que contiene y cuya exposición detallada sobrepasaría
los límites de esta crítica.
"Cuando era un joven estudiante de astronomía, Langdon se
sorprendió al saber que el planeta Venus trazaba un pentáculo
perfecto en la Eclíptica cada ocho años. Tan impresionados quedaron
los antiguos al descubrir ese fenómeno, que Venus y su pentáculo
se convirtieron en símbolos de perfección, de belleza y de las
propiedades cíclicas del amor sexual. Como tributo a la magia
de Venus, los griegos tomaron como medida su ciclo de cuatro años
para organizar sus Olimpiadas." (Pág. 50) Pues queda muy bonito,
pero ni Venus dibuja un pentáculo perfecto, ni las Olimpiadas
tenían nada que ver con Venus (supongo que Mr. Brown pensaba en
Afrodita, el equivalente griego de la romana Venus) y sí con Zeus.
"Durante trescientos años de caza de brujas, la Iglesia quemó
en la hoguera nada menos que a cinco millones de mujeres."
(Pág. 138) En realidad, ni la caza de brujas fue realizada sólo
por la Iglesia (posiblemente la justicia civil mató a más presuntas
brujas que la eclesiástica) ni afectó sólo a mujeres (también
murieron o fueron condenados brujos) ni la cifra de cinco millones
tiene ningún soporte real.
"A través de la penumbra rojiza, vio que la mujer había arrancado
el cuadro de los cables que lo sujetaban y lo había apoyado en
el suelo, delante de ella. Su metro y medio de altura casi le
ocultaba el cuerpo por completo." (Pág. 147) En realidad,
el cuadro al que se refiere, La Virgen de las Rocas, mide
casi dos metros de altura, 198 centímetros para ser exacto.
"El hecho de que Jesús pasara a considerarse 'el hijo de Dios'
se propuso y se votó en el Concilio de Nicea." (Pág. 250)
Pues la barbaridad es considerable, pero mucho antes del concilio
niceano ya se consideraba a Jesús como hijo de Dios, sin ir más
lejos en los evangelios, escritos en el S I o comienzos del S
II.
"Como Constantino 'subió de categoría' a Jesús cuatro siglos
después de su muerte..." (Pág. 251) Veamos, el Concilio de
Nicea y el supuesto (e inexistente) ascenso de Jesús a la divinidad
por obra y gracia de Constantino tuvo lugar en el año 325. Si
esto sucedió cuatro siglos después de su muerte significa que,
según Mr. Brown, Cristo falleció en el año 75 antes de Cristo,
lo que no deja de resultar curioso.
"Un poco raro, ¿no le parece?, teniendo en cuenta que tanto
la Biblia como la leyenda establecida sobre el Grial consideran
que ese momento es el de la entrada en escena del Cáliz Sagrado.
Y resulta que a Leonardo va y se le olvida pintarlo." (Pág.
253) Leonardo, evidentemente, conocía los evangelios mucho mejor
que Mr. Brown (lo que, por lo ya visto, es algo sencillo). La
Última Cena, que es la pintura de Leonardo a la que se refieren,
ilustra un episodio narrado en el evangelio de San Juan 13, 21
cuando Jesús anuncia a los Doce que uno de ellos va a traicionarle.
Sencillamente, en la pintura no aparece la copa del "Tomad
y bebed..." porque ese episodio no figura en el evangelio
de Juan. A Leonardo no se le olvidó nada, al contrario, recordó
muy bien el texto evangélico.
"Sophie se fijó en aquella figura, observándola con detenimiento.
Al estudiar el rostro y el cuerpo, le recorrió una oleada de desconcierto.
Aquella persona tenía una larga cabellera pelirroja, unas delicadas
manos entrelazadas y la curva de unos senos. Era, sin duda...
una mujer." (Pág. 259) Pues por más que miro reproducciones
detalladas de La Última Cena, les prometo que no veo curvas
de senos por ninguna parte. Si el cabello largo es síntoma de
la femineidad del personaje, ¿quién es la mujer que está en el
centro de la pintura y que todo el mundo creía que era Jesús?
¿La mujer barbuda? Y ya que estamos con Leonardo, ¿qué mujer es
la que representa en el cuadro de San Juan Bautista del
Louvre? Cabello pelirrojo largo y ensortijado, manos delicadas,
rasgos femeninos y las manos dispuestas para que tapen el pecho.
Según Mr. Brown, ¿será que San Juan Bautista era también una mujer
o, sencillamente, que Leonardo cuando quiere pintar un personaje
bello le confiere características femeninas?
"María Magdalena. -Hizo una pausa-. Y, más concretamente,
su matrimonio con Jesús.
- ¿Cómo dice? -Sophie miró un instante a Langdon.
- Está documentado históricamente." (Pág. 260) Evidentemente,
Mr. Brown no tiene ni la menor idea de lo que es la documentación
histórica. El presunto matrimonio entre Jesús y María de Magdala
no está documentado. No pasa de ser una suposición gratuita que
se ha extendido más por los aspectos escandalosos que implica
que por consideraciones históricas. Incluso el texto del apócrifo
evangelio de Felipe que cita en la pág. 262 -aun cuando considerásemos
que este evangelio es una fuente histórica válida (que ya es conceder)-
deja claro que Jesús y María no eran marido y mujer porque ¿qué
sentido tendría, entonces, que los discípulos preguntasen a Jesús
por qué quería más a María Magdalena que a ellos? La respuesta
de Jesús, según el mismo evangelio, no es del tipo "porque
es la madre de mis hijos" o "porque es mi esposa" sino:
"Un ciego y un vidente, estando ambos a oscuras, no se diferencian
entre sí. Cuando llega la luz, entonces el vidente verá la luz
y el que es ciego permanecerá a oscuras." [4]
"Los merovingios fundaron París." (Pág. 275) Ante esa
afirmación, uno sólo puede acordarse del personaje de Les Luthiers
que acertó a fundar Caracas en pleno centro de Caracas... que
ya estaba fundada. ¿Qué ciudad creerá Mr. Brown que era la capital
de los Parisios a la que los romanos llamaron Lutetia Parisiorum.
"En pocas palabras, Langdon le explicó a Sophie que Baphomet
era un dios pagano de la fertilidad asociado a la fuerza creativa
de la reproducción." (Pág. 335) Maravilloso, pero, sencillamente,
el Baphomet es una invención de la Inquisición. En un principio
se acusó a los templarios de idolatría (entre otras cosas) y alguno
de ellos reconoció (gracias a los "métodos de interrogatorio"
entiéndase, torturas) que adoraban una cabeza (otros hablan de
un gato). Dos de los templarios de Carcasona dijeron que se dirigían
a ella con el nombre arábigo de Mahomet (Mahoma). Vamos, que nada
que ver con dioses de la fertilidad ni verduras de las eras.
"A la mayoría los quemaban en la hoguera y los arrojaban al
Tíber sin más ceremonias." (Pág. 357) Se equivocó de río.
Si se refiere a la famosa ejecución del gran maestre de Molay
y de su compañero de Charney en 1314, como fueron quemados en
París el río era el Sena. Si quiere hacer una referencia al papado,
debería haber escrito el Ródano puesto que en esos años, la sede
papal no era Roma sino Avignon.
"El orbe que debería haber estado en la tumba de Newton no
podía ser otro que la manzana que había caído del cielo, que le
había caído a Newton en la cabeza y había sido la fuente de inspiración
de la gran obra de su vida, escrita por cierto en latín."
(Pág. 446) Vamos, que si no hubiera sido por el inspirador manzanazo
espacial, Newton no se hubiera enterado de nada. Supongo que la
lectura de la obra de Kepler Harmonices mundi (por cierto,
escrita en latín como otras muchas obras científicas de la época)
no tuvo la menor importancia como inspiradora de los Principios
matemáticos newtonianos.
Estas auténticas burradas históricas (entre otras muchas) son
las que aparecen por doquier en esta obra tan "bien" documentada.
Si, por lo menos, el texto tuviera méritos literarios sería menos
importante, pero es que ni siquiera eso se cumple. Los personajes
parecen tontos (necesitan poco menos que el auxilio del Espíritu
Santo para resolver enigmas al alcance de un niño), los diálogos
no lo parecen, lo son. Toda la trama es previsible entre otras
cosas porque no es nada original y no sólo por su deuda con El
enigma sagrado sino, también, porque los últimos años han
sido pródigos en obras basadas en conspiraciones para revelar
u ocultar secretos que dañarían a la Iglesia (Véase, por ejemplo,
El quinto evangelio por Philipp Vandenberg -aquí aparecen
ya mensajes ocultos en una obra de Leonardo da Vinci y un hijo
de Jesús y María Magdalena-, El testamento de Judas por
Daniel Easterman -en el que ya aparece el recurso del aliado que
termina siendo el enemigo-, o La sangre de los cátaros
por Elizabeth Chadwick -en el que figura María de Magdala como
el Grial, la copa simbólica que contenía la sangre de Jesús por
ser la madre de su hija-).
Después de todo esto ¿qué queda? Evidentemente, ni literatura
ni historia. Sólo un descarado producto de mercadotecnia, con
dosis de feminismo radical, esoterismo, chorradas de la Nueva
Era, denuncia de la Iglesia Católica en general y del Opus Dei
en particular... aunque todo eso sin olvidar lo políticamente
correcto. A fin de cuentas, en un giro ridículo de la trama termina
haciendo que el cardenal del Opus Dei no sea "el malo de la película",
papel que recae (¿cómo no?) en el investigador que quiere revelar
el secreto de la Sangre Real.
Tal vez la mejor definición de este libro la haya realizado un
crítico español que aseguró que Dan Brown es a la literatura lo
que Ed Wood a la cinematografía. Amén (aunque no sé si el bueno
de Ed no tendría que sentirse ofendido por la comparación).
Notas
- Existe traducción al castellano bajo el
título El Oro de Rennes en la colección Otros Mundos
de Plaza & Janés.
- Existe traducción al castellano bajo el
título El enigma sagrado en Martínez Roca S.A. y Círculo
de Lectores.
- Véase El tesoro oculto de los templarios
por Josep Guijarro en Martínez Roca S. A. Págs. 102 y ss. y
El Grial secreto de los cátaros por Joaquín Javaloys
en Edaf S. A. Págs. 165 y ss..
- Evangelio de Felipe en Textos Gnósticos.
Biblioteca de Nag Hammadi II. Edición y traducción de Antonio
Piñero, José Montserrat Torrents & Francisco García Bazán. Ed.
Trotta. Valladolid, 1999. Pág. 35.
José Luis Calvo es escritor, especialmente interesado
en temas históricos.