Hay que investigar los hechos religiosos

Paul Kurtz

EL MOVIMIENTO ESCÉPTICO CONTEMPORÁNEO (INCLUIDO EL CSICOP) SE HA CENTRADO TRADICIONALMENTE EN EL ANÁLISIS DE LAS AFIRMACIONES SOBRE LO PARANORMAL. HEMOS HECHO GRANDES AVANCES EN LA EXPLICACIÓN DE ESOS FENÓMENOS. PERO TAMBIÉN TENEMOS QUE APLICAR LA INVESTIGACIÓN ESCÉPTICA A LAS AFIRMACIONES DE LA RELIGIÓN, QUE YO LLAMO PARANATURALES. EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, HEMOS EXPLICADO SUPUESTOS MILAGROS MODERNOS EN TÉRMINOS NATURALISTAS. LOS ESCÉPTICOS, SOSTENGO, TAMBIÉN TENEMOS QUE REEXAMINAR LAS AFIRMACIONES RELIGIOSAS DEL PASADO. LAS OBJECIONES ÉTICAS A SU EXAMEN CIENTÍFICO NO DEBEN IMPEDIR SU ESCRUTINIO. ES MÁS, LA CIENCIA PUEDE CON FRECUENCIA PROPORCIONAR ALTERNATIVAS ÉTICAS NATURALISTAS.

¿Qué relación existe entre escepticismo y religión? ¿Podemos aplicar los métodos de la investigación escéptica a las afirmaciones religiosas? El escepticismo contemporáneo surgió de -y está relacionado con- la investigación científica y no es esencialmente un movimiento filosófico, como lo fue en la antigüedad en Roma y Grecia. En las últimas décadas, los escépticos científicos se han concentrado en el estudio de las afirmaciones paranormales; es decir, en las áreas de interés humano que supuestamente no encajaban en el paradigma científico existente: la parasicología, la astrología, algunos aspectos del fenómeno OVNI, la medicina alternativa, los monstruos de las profundidades, las leyendas urbanas, la comunicación con los muertos, etcétera.

Charles Fort proclamó que existen anomalías, fenómenos raros o inusuales, ignorados por los científicos porque no son fácilmente explicables. La ciencia se interesa por las regularidades, no por las anomalías. Los escépticos fueron acusados -injustamente, en mi opinión- de considerar a priori que esas anomalías son improbables o imposibles, sin molestarse por investigarlas. Tal postura sería dogmática y negativista. El escepticismo es principalmente un método de investigación, no una actitud o postura o punto de vista filosófico que niega entidades o fenómenos de entrada.

Los escépticos críticos de lo paranormal trataron de usar los mejores métodos empíricos y analíticos de investigación. Generalmente, fueron capaces de ofrecer explicaciones alternativas naturalistas de lo que parecía totalmente misterioso. Algunos partidarios de lo paranormal rechazaron esas explicaciones; se burlaron de Philip J. Klass, por ejemplo, por proponer posibles escenarios alternativos para el supuesto fenómeno OVNI, diciendo que eran invenciones, y atacaron a los críticos escépticos de la llamada astrobiología de Gauquelin acusándolos de parcialidad. En general, los escépticos encontraron que los fenómenos paranormales pueden ser explicados en términos convencionales cuando son sometidos a pruebas experimentales bien diseñadas. También descubrieron que las pruebas diseñadas por los creyentes con frecuencia no eran rigurosas, que sus protocolos eran flexibles, que los testimonios de testigos oculares no habían sido corroborados, que había sesgos experimentales, análisis estadísticos defectuosos y hasta fraudes descarados. Las investigaciones parapsicológicas se beneficiaron -creo yo- de estas críticas escépticas, al igual que la astrología y el fenómeno OVNI. Los supuestos fenómenos paranormales se convirtieron en normales; una vez que se les aplicó el escrutinio empírico, se descubrió que podían ser explicados. Los científicos podrían decir con razón que eran escépticos porque, habiendo investigado los fenómenos paranormales, habían llegado eventualmente a poner en duda su veracidad.

Curiosamente, los escépticos se mostraron reacios a aplicar críticas semejantes a las afirmaciones religiosas, y ello por varias razones. Primero, muchas de estas aseveraciones dependen de la fe y se cree en ellas por razones psicológicas o sociológicas profundas, o tienen sus raíces en argumentos filosóficos o teológicos. Las bases de estas aseveraciones estaban a menudo enterradas en las arenas de la historia, y las justificaciones epistemológicas de estas creencias no eran fácilmente discernibles. A diferencia de los alegatos paranormales, los credos de las grandes religiones están institucionalizados, y su obligatoriedad está sustentada por la tradición y por el poder de la iglesia y/o el estado. Por ello, era altamente peligroso meterse a analizar aseveraciones históricas reverenciadas y cuestionar a las vacas sagradas. Al hacerlo, uno estaba sacudiendo los cimientos mismos de la estructura social, y los filósofos y científicos, desde Sócrates y Spinoza hasta Bruno y Galileo, encontraron fuerte resistencia por parte de las autoridades políticas y religiosas. Es completamente diferente criticar a los astrólogos, los videntes y los ufólogos, porque ellos no tienen poder institucional y sus afirmaciones quedan frecuentemente relegadas a un segundo plano. ¿A quién le importa si el monstruo del lago Champlain, el Bigfoot, el triángulo de las Bermudas y otras leyendas populares, alimentadas por los medios de comunicación, son verdaderas o falsas? Se trata de un juego, de una forma de entretenimiento, de un circo. A la gente le divierte escuchar a quienes defienden su existencia y a sus oponentes, especialmente a los ilusionistas que pueden duplicar sus trucos. ¡Es parte del negocio del espectáculo!

En la última década, a pesar del rechazo inicial, el movimiento escéptico se ha interesado por la religión. Me refiero a las historias de milagros, curanderos por la fe, visitas de ángeles o demonios, fantasmas o duendes, o el contacto con queridos amigos y parientes fallecidos. He denominado estos fenómenos paranaturales porque, como los paranormales, pueden ser investigados empíricamente. ¿La gente vio realmente a la Virgen María en Medjugorje, en la antigua Yugoslavia? ¿Se confirmaron después las profecías transmitidas a los niños protagonistas de la aparición? ¿Ha sido curada milagrosamente la gente en Lourdes? ¿Qué hay de las afirmaciones de los curanderos por la fe? Podríamos hacer un diagnóstico examinando los archivos médicos existentes y haciendo estudios de seguimiento posteriores. También hay piezas históricas que pueden ser investigadas. ¿Es el sudario de Turín el manto en que se enterró a Jesús? Podríamos utilizar la datación por carbono 14 y también intentar duplicar la imagen del sudario. Lo mismo sirve para el caso del osario de Jaime, el supuesto hermano de Jesús, que fue investigado hace poco descubriéndose que es un fraude. Se ha recurrido a la ciencia para comprobar la veracidad de todas estas afirmaciones.

Hay, sin embargo, un núcleo de creencias de la fe religiosa que muchos devotos consideran inmunes a la investigación escéptica. ¿Jesús resucitó a Lázaro de la tumba? ¿Llevó a cabo curas milagrosas y exorcismos como cuenta el Nuevo Testamento? ¿Los diez mandamientos fueron realmente entregados por Moisés a los hijos de Israel? ¿Fue Mahoma visitado por Gabriel, el ángel de Alá? ¿Es el Corán una descripción exacta de este mensajero divino? ¿Joseph Smith recibió las planchas de oro del Ángel Moroni, como sostiene el Libro del Mormón? En estos casos, lidiamos con afirmaciones expuestas en términos empíricos concretos y que pueden ser examinadas. En este sentido, también son paranaturales y, en principio, pueden ser investigadas igual que otros hechos históricos naturales tales como: ¿intentaron trescientos espartanos comandados por el rey Leónidas detener en las Termópilas al enorme ejército persa en 480 antes de Cristo?, ¿los emperadores romanos eran descendientes de los dioses?, ¿vio Constantino una cruz de origen divino o lo que vio es explicable en términos astronómicos?

Si alguien viniera hoy diciendo que es portador de revelaciones divinas, podríamos someterle a un escrutinio cuidadoso y comprobar la autenticidad de lo que dice. Someteríamos esas aseveraciones históricas extraordinarias a las mejores herramientas para evaluar la evidencia circunstancial. Por supuesto, muchas veces es difícil establecer la fiabilidad de las afirmaciones históricas, debido a que los datos pueden haberse perdido. En el mejor de los casos, puede haber sobrevivido sólo evidencia fragmentaria. Los campos de la crítica bíblica, coránica y mormona son, en principio, aptos para la investigación científica escéptica. Los estudiosos pueden usar los métodos de la ciencia: el análisis lingüístico, la corroboración arqueológica, la datación por carbono 14, el examen de otros documentos de supuestos testigos que pudiera haber, etcétera. Esto significa que la reconstrucción histórica de las afirmaciones sobre el pasado, sean naturales o paranaturales, está abierta a exámenes minuciosos si se ha podido recuperar alguna prueba. De lo contrario, la única respuesta es el agnosticismo, aunque muchos preferirían huir de esa postura.

Históricamente ha habido un rechazo generalizado a emprender este tipo de investigaciones, ya que se las consideraba peligrosas para la fe. Pero, después de dos siglos o más de crítica científica y académica minuciosas, existe un conjunto considerable de escritos que cuestionan las doctrinas aceptadas. Los defensores de la fe no quieren que las afirmaciones históricas sean cuestionadas por agnósticos o apóstatas. En Estados Unidos, aún se considera de mal gusto ser escéptico respecto de estas aseveraciones y en otros lugares del mundo donde la ciencia se considera blasfema hacerlo es incluso peligroso. "Lo tuyo es creer o morir", dice el viejo proverbio. Por tanto, cuestionar las creencias aceptadas es un crimen atroz que puede provocar una Inquisición o una fatwa.

Hay, por supuesto, un debate histórico filosófico-teológico sobre el asunto, con posiciones a favor y en contra. Si bien esto resulta interesante e importante, estamos tratando principalmente con argumentos, no con pruebas a favor o en contra de la existencia del Dios de las revelaciones. El Dios de los filósofos o de los teólogos no es el mismo que el Dios de las revelaciones, porque este último ha dejado supuestamente su huella en la historia. Evidentemente, creo que la investigación científica-histórica por parte de los escépticos es importante. Los creyentes -anteponiendo su fe y sus compromisos- probablemente están predispuestos a priori en favor de la veracidad de las revelaciones. Necesitamos investigaciones fiables, independientes, escépticas de las cuestiones básicas, especialmente desde el momento en que las aseveraciones históricas tienen un poderoso efecto en el mundo contemporáneo. No estamos haciéndonos preguntas ociosas, sino haciéndonos aquéllas que tienen grandes efectos en el comportamiento humano. Propongo que, sin importar cuál sea el peligro, la investigación escéptica puede y debe ser aplicada a tales afirmaciones.

El punto central acerca de esta forma de escepticismo, reitero, es que no se puede identificar simplemente con la duda a priori, sino con la investigación y la búsqueda de conocimiento fiable.

La propia ciencia incorpora la metodología de la investigación escéptica al proceso mismo del descubrimiento. Los científicos deben estar preparados para dudar de las hipótesis o teorías a menos que -y hasta que- sus predicciones hayan sido verificadas o probadas; y/o encajen con otras teorías bien demostradas. La revisión objetiva por pares es un ingrediente esencial en el proceso de cuestionar cualquier aspecto del paradigma dominante y arrinconarlo a favor de teorías probadas más parsimoniosas y/o elegantes. La ciencia es, por tanto, falible; y dudar es algo intrínseco a sus indagaciones. Sin embargo, el objetivo no es desacreditar, sino obtener conocimiento fiable. Esto es constructivo y positivo, no negativo y destructivo, y tiene importancia moral. La búsqueda de la verdad es continua y debería aplicarse a todas las áreas del interés humano.

Pero, respecto de la religión, muchos se preocupan de que esto pueda tener consecuencias negativas para algunas creencias y valores preciados. Frecuentemente, la premisa oculta de aquéllos que se oponen a la investigación científica de las afirmaciones paranaturales de las creencias religiosas, es su temor a que estas investigaciones puedan destruir instituciones sociales tradicionales. Sin embargo, ¿no hay un cierto imperativo moral de que los seres humanos apliquen la investigación escéptica a las aseveraciones religiosas para determinar cuáles son verdaderas y cuáles falsas? Porque las afirmaciones religiosas frecuentemente compiten entre sí, o se contradicen, y pueden ser una gran fuente de conflictos. Sacudir los cimientos de las creencias, insiste el creyente, puede dejar a la gente en un callejón sin salida. ¿Pero es necesariamente así? Si una persona descubre que la evidencia histórica a favor de la verdad de X, en la que tiene una fe perdurable, no es fiable, ¿qué pasaría con la red de creencias sociales y éticas que valora, y qué efecto tendría esto en las formas institucionales que han sido desarrolladas para sostenerlas? ¿La investigación escéptica de los fundamentos de las creencias religiosas socavaría así toda la estructura de naipes que hemos apilado tan alto?

¿Debería la investigación escéptica preocuparse por las implicaciones éticas de sus dudas después de un proceso de investigación? El dilema hoy es: si la investigación escéptica sacude los cimientos de las creencias religiosas tradicionales, ¿no puede socavar el tejido entero de nuestras creencias y valores? Cuando esto sucede, ¿pueden la ciencia, la razón aplicada a la ética y los valores ayudarnos a encontrar alternativas racionales?

Sostengo que muchas preguntas éticas se pueden responder, en efecto, mediante la investigación científica. Los principios éticos no dependen en todos los casos de la religión, ni requieren de fundamentos sobrenaturales u ocultos. Por ejemplo, las ciencias aplicadas hacen juicios de valor constantemente, en ingeniería, en arquitectura, en la práctica de la medicina, en psiquiatría, en economía, en política y en educación. La investigación escéptica o científica no necesariamente nos conduce al colapso o al nihilismo moral, porque hay sistemas alternativos de ética que pueden resultar tanto razonables como viables, sin apelaciones a la fe y a la autoridad. Cómo y en qué medida es esto posible es un tema al que la comunidad escéptica necesita dirigir su atención.

Este artículo fue publicado originalmente en Skeptical Inquirer, Vol. 28, No. 2, March/April 2004.

Sobre el autor

Paul Kurtz es presidente fundador del CSICOP y del Centro de Investigación, y profesor emérito de Filosofía de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. Entre sus libros recientes, están Ciencia y religión: ¿son compatibles? (Prometheus, 2003) y Escepticismo y humanismo: el nuevo paradigma (Transaction, 2001).

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