Contracorriente

La guerra de los clones

Mariano Moldes

Se denomina clonación al proceso consistente en activar la división de un óvulo reemplazando su núcleo por el de una célula somática de otro organismo. El resultado es un embrión con una constitución genética nuclear idéntica a la del organismo donante del núcleo.

Como otros temas fascinantes, se halla rodeada de un halo de leyenda y concepciones erróneas. Cuando el concepto recién comenzó a popularizarse, era común imaginar que el fruto de una clonación era una copia del organismo: al clonar una persona adulta se obtendría otra de la misma edad aparente que compartiría hasta su psiquismo.

En contraste, hoy continúa siendo aceptada —incluso por individuos altamente instruidos— la idea de que el clon de un organismo dado es idéntico al donante del núcleo, sólo que una generación atrasado. Partiendo de la premisa de que todo rasgo identificatorio hasta ahora exclusivo de cada individuo sería entonces compartido por varias personas, se predice toda clase de consecuencias sociales disruptivas. ¿Cuánto hay de verdad en esta creencia?

Es necesario tener en cuenta que dividiendo un embrión en el estadio de mórula (inmediatamente siguiente a la fecundación, constituido por unas pocas células aún indiferenciadas), se obtienen tantos embriones como partes en que se la divida. Este mecanismo forma parte del proceso reproductivo regular de los armadillos y ocasionalmente ocurre en otras especies, incluida la nuestra. Al desarrollarse tales embriones originan lo que llamamos “gemelos idénticos”.

El parecido físico es lo suficientemente impactante como para haber inspirado a la comedia desde el teatro griego hasta el vaudeville, sin omitir a Shakespeare. Pero más allá de eso ¿qué tan idénticos son los miembros de una camada de “gemelos idénticos”?

Cuando en febrero de 1986 la portada de la National Geographic Magazine mostró dos terneros Holstein “idénticos” resultantes de la escisión de una mórula obtenida mediante fertilización in vitro, un lector señaló airadamente que sus patrones de manchas blancas y negras diferían ostensiblemente. La redacción le aclaró inmediatamente que la pigmentación de cada folículo piloso individual no estaba determinada genéticamente, y en cambio se adquiría en forma caótica durante el desarrollo de cada organismo, resultando en patrones distintos aunque los genes fueran los mismos. Bien: algo semejante sucede con el plegado de la dermis humana que da origen a las huellas digitales humanas, rasgo en que los gemelos “idénticos” nunca serán tales.

El potencial para las divergencias no termina aquí: hay numerosos casos, perfectamente documentados, de pares de gemelos “idénticos” en que uno de ellos es neurológicamente normal y el otro es esquizofrénico. Es necesario aclarar que la definición de “esquizofrenia” involucrada no es la de principios del siglo XX (una mera colección de síntomas clínicos o conductuales no exenta de vaguedad) sino la actual, que además de un cuadro mucho más preciso (donde el rasgo más sobresaliente son las alucinaciones auditivas) incluye rasgos inequívocamente objetivables, como un patrón de actividad característico observable mediante resonancia magnética nuclear dinámica, e incluso anatómicos, como ventrículos cerebrales anormalmente dilatados. Una posible explicación genética consiste en que estos pares poseen una variante de un gen crítico en la determinación de la esquizofrenia, que es “frágil” o propensa a sufrir mutaciones somáticas o inactivaciones anormales. Así, cada miembro del par tiene en su organismo un mosaico formado por líneas celulares normales y mutantes; la esquizofrenia se origina cuando, en el más desafortunado, el cerebro se desarrolla a partir de una línea mutante.

¿Qué hay, pues, de los clones?

Bien, el caso es que los gemelos idénticos se originaron de un mismo óvulo. Además de la mitad del genoma nuclear, éste aporta lo que se conoce como efecto materno: la casi totalidad de su citoplasma (responsable por el desarrollo embrionario inicial) y las mitocondrias. Estos orgánulos celulares son llamados “usinas energéticas” de la célula ya que su función principal es oxidar los alimentos; además, cumplen funciones clave en la producción de hemoglobina y la síntesis de hormonas esteroideas. Llevan su propio material genético independiente del que se halla en el núcleo celular y a diferencia de éste no se recombina, heredándose directamente por vía materna. Asimismo existe una amplia gama de enfermedades debidas a defectos mitocondriales, que van desde una ligera intolerancia al ejercicio hasta cuadros neurológicos severos.

Si se intentara clonar a una celebridad, es casi seguro que no se podrá replicar el efecto materno por no disponerse de un óvulo idéntico al original —muy probablemente ni siquiera resulte asequible uno de su misma madre, por haber alcanzado ésta una condición reproductiva postmenopáusica (y muy difícilmente disponga de óvulos congelados, ya que ésta es una tecnología nueva y relativamente costosa que recién están comenzando a utilizarla algunas mujeres comprometidas con carreras demandantes, que no desean renunciar a la maternidad).

El ADN mitocondrial es hoy utilizado rutinariamente en pruebas forenses porque además de heredarse íntegro por vía materna, resiste a la degradación mucho mejor que el ADN nuclear.

En consecuencia, hemos averiguado que los gemelos “idénticos” son más semejantes entre sí de lo que jamás podrían serlo un individuo y su clon; que aún así están condenados a diferir en las huellas digitales, un rasgo de cardinal importancia forense, e incluso pueden tener diferencias abismales en su condición neurológica. Y todo esto, mucho antes de ingresar al tortuoso debate “naturaleza vs. crianza”. ¿Qué queda para un clon, que ni siquiera comparte el efecto materno? Por supuesto que las semejanzas serán impactantes, pero estarán a años luz de la cuasi-identidad que les atribuye el folklore moderno.

Los temidos “superhombres”

Otra pesadilla futurista asociada con la clonación son los ejércitos formados por superhombres producidos en serie, popularizada en la ficción principalmente por la saga Star Wars (y lo único que nos separaría de esto es que la clonación humana aún no está disponible). Cierto: aún no podemos clonar a los individuos con rasgos privilegiados genéticamente determinados, pero sí es posible producir en masa individuos que compartan una constitución genética considerada óptima para ciertos fines.

Para empezar, se puede localizar a los “superhombres” y “supermujeres” revisando historias clínicas de astronautas, pilotos de jet o atletas olímpicos. Luego se los monitorea en busca de anomalías genéticas recesivas (ocultas en una constitución saludable pero listas para manifestarse en la progenie al interactuar con contrapartes aportadas por el otro progenitor), lo que puede hacerse en dos etapas: la primera involucra el estudio microscópico de sus cromosomas y la segunda el uso de sondas de ADN para detectar defectos no evidentes en la morfología cromosómica. Esto puede complementarse con una revisión de los antecedentes familiares de los candidatos, si están disponibles. A continuación, se realiza una fertilización in vitro con esperma y óvulos provenientes de los candidatos. Las mórulas obtenidas son escindidas para producir “gemelos idénticos artificiales”. Como un control final, una “copia” de cada una se implanta en un vientre sustituto a fin de monitorear clínicamente el desarrollo de los individuos así obtenidos, mientras su contraparte es identificada y congelada. Cuando se disponga de datos concluyentes sobre esta “cohorte testigo”, las mórulas correspondientes a los mejores resultados serían multiplicadas geométricamente mediante nuevas escisiones, implantándolas en vientres sustitutos y congelándose siempre un stock de reserva. Es necesario aclarar que el resultado seguramente sería mejor que una aún hipotética clonación exitosa, por lo mismo que ha convertido al sexo en algo tan grandioso: permitiría combinar aportes genéticos de alta calidad en vez de restringirse a uno.

La tecnología para realizar esto no sólo no requiere de la clonación: se halla disponible desde principios de la década del '80. La primera fertilización humana in vitro exitosa se logró en 1978, a la par de la congelación de embriones tempranos. La escisión de mórulas comenzó a practicarse experimentalmente con erizos de mar (cuyos embriones tempranos son esencialmente equivalentes a los nuestros) en el siglo XIX. Desde la primera mitad del siglo XX se hallan disponibles los estudios cromosómicos, y ya desde hace algunas décadas se cuenta con técnicas para la detección de defectos genéticos con análisis de ADN (y el desarrollo de una “cohorte testigo” subsanaría cualquier posible carencia en esta fase). El único limitante puramente instrumental sería la disponibilidad de vientres sustitutos, pero un avance en la tecnología llamada del “útero artificial” podría allanarlo drásticamente; aunque el progreso en este campo enfrenta dificultades técnicas, éstas pueden considerarse triviales en comparación con las planteadas por la clonación.

Los principales obstáculos a la creación de tales “ejércitos de superhombres” son de orden económico (costos), y político (ilegalidad o repudio unánime a los procedimientos empleados; tiempo requerido para implementarlos; dificultad en ocultarlos) antes que tecnológico. Pero todos ellos se vuelven irrelevantes cuando un régimen político es capaz de manejar arbitrariamente los recursos, sabotear los controles de gestión, suprimir el disenso, eternizarse en el poder y moldear la opinión pública mediante la propaganda.

Una vez más, la única estrategia eficaz pasa por defender la democracia y controlar a todas las tecnologías, en lugar de demonizar exclusivamente a alguna de ellas erigida en chivo emisario de actitudes tecnofóbicas basadas en mitos. Y es necesario reemplazar a éstos por información útil para el ejercicio de la crítica.

Sobre el autor

Mariano Moldes es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires con orientación en Ecología, dedicándose a la divulgación científica y el esclarecimiento del público respecto de concepciones pseudocientíficas populares. Actualmente se halla trabajando en problemas de genética y teoría de la evolución.

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