Controversia

 

El aborto y las libertades individuales

 
Por Alejandro J. Borgo

Conozco a mi amigo Fernando Saraví desde hace más de 15 años. Sé que es una persona honesta y seria. Es médico y biofísico y muchas veces ha colaborado con la desmitificación de la pseudociencia. Como era de esperarse, en el tema que compete a esta edición de Controversia, entre un cristiano evangélico y un ateo humanista tenemos nuestras diferencias, y por ello he decidido abrir un debate.

No discuto las cifras que Saraví exhibe, y, a decir verdad, considero que el hecho de que las muertes sean 500 mil, 200 ó 100 es un problema secundario. El principal problema del aborto tiene que ver con la cuestión de las libertades individuales, con la libertad de conciencia y con condiciones que poco han contribuido, principalmente por causa de las propias iglesias, para que la interrupción del embarazo no ocurra. Es decir, tiene poco que ver con cuestiones jurídicas o estadísticas.

Tiene que ver con cuestiones que exceden el marco jurídico y el cumplimiento de la ley. Tiene que ver directamente con dogmas e imposiciones que viene arrastrando la Humanidad desde hace siglos. Se relaciona estrechamente con el hábito (adquirido tempranamente en nuestra infancia) de basar nuestras decisiones a la luz de una doctrina impuesta por un puñado de jerarcas que se cree dueño de la capacidad y la autoridad para elegir cuál es la moral “adecuada”.

La visión “vaticana”

Resulta chocante la contradicción con que se maneja el Vaticano: no quiere el aborto, pero tampoco los métodos anticonceptivos ni la educación sexual. Hablando del papa Juan Pablo II, el teólogo Hans Küng decía: “Incapaz de autocrítica, no quiere comprender que es una contradicción en sí luchar contra el aborto y, al mismo tiempo, combatir los medios anticonceptivos, siendo así que tales medios son de hecho la mejor manera de hacer que descienda el elevadísimo número de abortos” (Küng, 2005).

Por tanto, la visión vaticana es por lo menos infantil (aunque no ingenua), retrógrada y anticuada. No en vano se dice que las iglesias van en tren y la sociedad en avión. Mientras vastas regiones del Tercer Mundo son arrasadas por la pobreza, el estancamiento, la marginalidad y el hambre, la Iglesia sigue condenando el uso del preservativo o de otros métodos... Luego, escuchamos homilías llenas de “llamamientos” contra el “feroz capitalismo”, contra la “discriminación” y contra la “pobreza”. Hipocresía pura: el control de la natalidad basado en la educación sexual haría disminuir la cantidad de indigentes condenados a una muerte temprana segura. ¿Lo desconocen los teólogos del Vaticano?

La cuestión científica

Quienes se oponen al aborto, generalmente lo hacen partiendo del siguiente presupuesto: desde la concepción, hay vida humana, y más todavía, hay una persona. Sin embargo, ello es discutible. Un embrión ¿es una persona? Tengamos en cuenta que entre las semanas 24 y 26 de gestación, emerge en el embrión una corteza cerebral funcional. Es decir, el cerebro empieza a cablearse. Al mismo tiempo, los pulmones empiezan a ser funcionales, aunque todavía otros órganos no lo son completamente. Podría decirse, por tanto, que la conciencia individual aparece, aunque sea sólo tímidamente (no podemos saber la funcionalidad de ese cerebro naciente) en este periodo del embarazo. Hasta entonces ha habido vida humana —como la hay en una cualquiera de nuestras células—, pero no un individuo (Silver, 1997).

En su libro Miles de millones, el fallecido Carl Sagan decía: “...Las pautas regulares típicas del cerebro humano de un adulto no aparecen en el feto hasta cerca de la trigésima semana del embarazo, hacia el comienzo del tercer trimestre. Hasta entonces, los fetos, por vivos y activos que parezcan, carecen de la necesaria arquitectura cerebral. Todavía no pueden pensar (...) Si tenemos que optar por un criterio de desarrollo, aquí es donde hay que trazar la raya (respecto al aborto): cuando se hace posible un mínimo asomo de pensamiento característicamente humano” (Sagan, 1997).

Evidentemente, las definiciones médicas son de carácter convencional. ¿Por cuál deberemos optar? Por aquella que esté más de acuerdo con la investigación científica. Pero es casi seguro que por más investigación científica que se haga en este campo, los prejuicios basados en el dogma prevalecerán.

En el ámbito social y cotidiano, la controversia sobre el aborto es un desacuerdo que tiene que ver con la decisión sobre el comienzo de la vida. Se necesita una reflexión filosófica para trazar la línea entre la mera existencia biológica y la vida humana (Patten, 2004).

Pero hay otro aspecto importante con respecto a la consideración de un embrión como una persona. Según el biólogo Francisco J. Ayala, en España hay 40.000 embriones congelados sobrantes de la fecundación in vitro (FIV) que no pueden implantarse y que el Gobierno no quiere destruir ni usar para investigación. Santo Tomás de Aquino, el máximo teólogo de la Iglesia Católica, se oponía a que se bautizaran los abortos espontáneos que tuvieran menos de cuarenta días. Con ese tiempo, ya empiezan a tener una forma vagamente humana. Si los políticos creyeran en realidad que se trata seres humanos, tendrían que estar en contra de la FIV (Gámez, 2007).

La cuestión social

Como dice Saraví, es cierto que “legal” no es sinónimo de “seguro”. Pero no es menos cierto que ninguna ley puede basarse en libros sagrados (aunque la Biblia no tiene ninguna declaración explícita contra el aborto deliberado) [1], ni en revelaciones divinas, ni en imposiciones o interpretaciones proferidas por jerarquías religiosas. La despenalización del aborto, por otra parte, no significa estar a favor del aborto, así como la implementación de la eutanasia no significa estar a favor del homicidio.

Es cierto que un buen sistema de salud impediría muertes maternales. Pero también es cierto que no se llegaría a la instancia del aborto si se implementaran una educación y una planificación familiar (no coercitiva) a la cual la Iglesia se niega. Tampoco podemos ignorar la realidad que viven muchas adolescentes y jóvenes que abortan: harán lo posible por disfrazar ese aborto provocado en aborto por causas naturales. De esa forma, presionadas por la sociedad, la ley y el posible castigo, evitarán la condena. Converse el lector con cualquier enfermera de una clínica u hospital y le podrá contar cuántas jóvenes llegan con infecciones y daños luego de meterse agujas, cucharas, cuchillos o cualquier otro elemento en la vagina (ellas mismas o pseudoprofesionales a los que acuden para realizarse el aborto), desesperadas por deshacerse de un hijo que no quieren, muchas por haber sido violentadas por sus propios maridos.

En definitiva, este no es un problema local, es un problema mundial que afecta a millones de ciudadanos educados en la ignorancia y en la obediencia a ciegas.

No es así como solucionaremos los problemas que nos aflijen.

Notas

  1. 1. Saraví, Fernando. Comunicación personal.

Referencias

Gámez, Luis A. 2007. Comunicación personal sobre dos entrevistas realizadas al biólogo Francisco J. Ayala en 2001 y 2002.

Küng, Hans. 2005. Contra el Fundamentalismo Católico Romano de nuestro tiempo. En En nombre de la vida, editado por Marta Vasallo, Católicas por el Derecho a Decidir. Artículo originalmente publicado en la Revista Concilium Nº 241, junio de 1992, Ed. Verbo Divino, Navarra, España.

Patten, Bernard M. 2004. Truth, knowledge or just plain bull. How to tell the difference. Prometheus Books, Amherst, EE.UU, pp. 90.

Sagan, Carl. 1997. Miles de millones. Pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio [Billions and billions]. Trad. de Guillermo Solana. Ediciones B (Col. “SineQuaNon”). Barcelona 1998.

Silver, Lee M. 1997. Vuelta al Edén. Más allá de la clonación en un mundo feliz [Remaking Eden: how genetic engineering and cloning will transform the american family]. Trad. de José Javier García Sanz. Taurus (Col. “Pensamiento”). Madrid 1998.

Sobre el autor

Alejandro J. Borgo es periodista, director de la revista Pensar, y director del Center for Inquiry/Argentina.

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