Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.
Johann Christoph Friedrich Schiller
Detrás de la economía del conocimiento, tan de moda hoy, con la autopista informática y los medios de comunicación omnipresentes se esconde una tremenda mentira. Un fraude que penetra por los poros sin que nos demos cuenta, la gran confusión entre conocimiento e información, parte integral del capitalismo de ficción. Por otro lado, economía del conocimiento podría entenderse como poco conocimiento, a pesar, o mejor dicho justo a causa de la avalancha de información a la cual nos expone la sociedad, desde la escuela hasta la televisión. El problema se agudiza por el hecho de que una alta proporción de la información que recibimos es manipulada, condicionada y escogida por un pequeño grupo de personas que controla su contenido y flujo, decide qué es —y qué no es— importante, para mantener una realidad ficticia, para crear un mundo en el cual es posible justificar lo injustificable, un mundo de esclavos ignorantes de su condición, que no harán nada por liberarse.
Esa confusión me ocurre también a mí. Cuántas veces he quedado impresionado por gente que es una verdadera enciclopedia andante, un banco de datos vivo, con una memoria especialmente admirable. Pero luego, cuando se profundiza la conversación, surge la decepción. Hay mucha información pero poco procesamiento de la información, algo cardinal para el conocimiento y la formación de nuevas ideas. Esa es la gran diferencia. Conozco otra gente que no sabe ni el año en el cual Darwin publicó su Origen de las Especies— ese libro fundamental que cambió nuestra a forma de ver la vida— pero me ha enseñado lo que significa toda la información que él, y otros después, obtuvieron acerca de la vida.
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Pensar, Vol. 5, Nro. 1 (Enero/Marzo 2008).
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