Shangri-La: el paraíso que nunca existió

 
Por Luis Alfonso Gámez

Dalai Lama.

Mi Tíbet fue durante mucho tiempo un mundo en blanco y negro, el Shangri-La de la maravillosa Horizontes perdidos (1937). La película de Frank Capra, basada en la novela homónima de James Hilton, me impactó cuando la vi de niño. Todavía hoy me sobrecoge el final, aunque la sorpresa ya no exista y los efectos especiales resulten toscos. El paraíso de Hilton/Capra era un valle escondido del Himalaya donde reinaban la paz y la armonía, una teocracia budista cuyos súbditos estaban bendecidos con la vida eterna. La idílica Shangri-La contaminó durante años mi visión de Tíbet, y me parece que todavía en la actualidad reina en la imagen que de ese país tiene mucha gente, a tenor de lo que he visto y leído desde antes de que se encendiera la llama olímpica el 24 de marzo.

Con los Juegos de Pekín a la vuelta de la esquina, las protestas contra la ocupación china de Tíbet siguen desde hace semanas los pasos de la antorcha. Los chinos hacen en esta película el papel de malos que han sometido a un pueblo que vivía en paz y armonía gobernado por bondadosos lamas entre los picos del Himalaya. Nada más lejos de la realidad. Esa sociedad idílica que venden el Dalai Lama y sus sonrientes seguidores no ha existido en el Tíbet de los monjes de coloristas túnicas. Antes de la llegada de los chinos —y que nadie vea en estas líneas una defensa de la ocupación—, Tíbet era una cruel teocracia, como el Vaticano antes de su domesticación por el Occidente ilustrado.

Porque el país de los lamas no era antes de 1949 un mundo feliz. Ni mucho menos. “Comparada con otras sociedades, los tibetanos eran generalmente pacíficos y cariñosos", declaraba el año pasado el decimocuarto Dalai Lama, su santidad Tenzin Gyatso, respecto al país en el que fue entronizado. Es posible que el tibetano fuera en la primera mitad del siglo XX un pueblo pacífico y aparentemente cariñoso; pero, si era así, lo era por miedo. Porque en Tibet rigió hasta la ocupación china un sistema feudal en cuya cúspide estaban el Dalai Lama, su alto clero y la nobleza, que vivían a costa de una masa sometida a todo tipo de abusos y con su propia casta de intocables.

Un país de siervos y esclavos

La mayoría de los habitantes del Shangri-La que muchos añoran en Occidente eran siervos, cuando no esclavos, de los antecesores de los monjes con los que se solidariza ahora medio mundo. Algunas de las salvajadas del régimen budista de los lamas han sido recopiladas por Michael Parenti, a partir de diversas fuentes y obras, e incluyen la esclavitud, la sobrecarga de tasas al pueblo llano, los abusos sexuales, la usura por parte de los monasterios, los brutales castigos y las ejecuciones encubiertas, porque ya se sabe eso de que un budista no hace daño ni a una mosca. "Ya que los principios budistas prohíben matar seres vivos, los delincuentes eran frecuentemente torturados casi hasta la muerte y luego dejados a su suerte. Si morían por resultado de las torturas, se consideraba que lo había causado su propio karma", explica Colin Goldner, en su artículo 'El mito del Tíbet'.

El Dalai Lama tiene razones para sentir querencia por el pasado: sus antecesores disfrutaron como residencia del palacio de Potala y sus mil habitaciones, repletas de sirvientes y esclavos, pacíficos y cariñosos por la cuenta que les tenía. Piensen en ello cada vez que escuchen al clérigo premio Nobel de la Paz defender que el Tíbet anterior a la invasión china era un mundo, si no perfecto, casi; piensen en ello cada vez que vean a estrellas del espectáculo como Richard Gere defender al pueblo tibetano junto a la efigie del Dalai Lama, su opresor anterior a la llegada de los actuales.

Millones de occidentales se han adentrado, por otra parte, en el budismo tibetano guiados por El tercer ojo, de Tuesday Lobsang Rampa, obra editada originalmente en 1956. Fue el primero de veinte títulos en los que el autor narra su vida y milagros como lama nacido y educado en Tíbet a principios de siglo, estudiante de Medicina en China y prisionero en campos de concentración rusos y japoneses. Una peripecia vital que alcanzaba el clímax cuando, a los ocho años, uno de sus educadores perforaba el centro de la frente de Rampa, hasta atravesar el hueso, con "una especie de lezna, pero hueca y con la punta en forma de diminuta sierra". Así le abría el tercer ojo y Rampa pasaba a ser uno de los elegidos, capaz de ver auras, levitar, hacer viajes astrales y otros prodigios. El tercer ojo fue un éxito de ventas que se tradujo a numerosos idiomas y nunca ha dejado de reeditarse.

Rampa personifica una de las mayores estafas editoriales de la historia reciente. Antes de que saltara al estrellato, la editorial Secker & Warburg envió el manuscrito de El tercer ojo a expertos orientalistas como Agehananda Bharati, Marco Pallis, Heinrich Harrer, autor de Siete años en el Tíbet, y Hugh Richardson, representante del Gobierno británico en Lhasa. Todos llegaron a la misma conclusión: Rampa y su libro eran un fraude. "Las primeras dos páginas me convencieron de que el escritor no era tibetano; las diez siguientes, de que nunca había estado en Tíbet o India y de que no sabía absolutamente nada del budismo en cualquiera de sus variantes, tibetana u otras", recordaba Bharati en un artículo de 1974 en el Tibet Society Bulletin.

Shangri-La no existe, fue una invención de James Hilton que cautivó a quienes leyeron su novela y vieron después la película basada en ella. Así, Franklin Delano Roosevelt Bautizó con ese nombre la residencia presidencial estadoundiense ahora llamada de Camp David. Tíbet, antes de la invasión china, no era la casi perfecta sociedad que nos quieren hacer creer el Dalai Lama y sus seguidores. Rampa no era ni monje ni tibetano. Se llamaba Cyril Henry Hoskin, era hijo de un fontanero de Devon y nunca estuvo en el Tibet, ni supo una palabra de tibetano. Fue un farsante cuya obra todavía se presenta como la de "un auténtico lama huido del Tibet ante la invasión comunista".

El mito del paraíso del Himalaya está ahí, pero hay que reconocerlo como tal y evitar que contamine nuestra visión del mundo. El Tíbet perdido que nos venden algunos es tan real como la juventud de María, la belleza del Shangri-La de Horizontes perdidos. ¿Free Tíbet? Sí, pero también de la brutal teocracia de los lamas anterior a la ocupación china. Que sean los tibetanos quienes decidan en libertad lo que quieren ser en el futuro: si someterse a la tiranía China, plegarse al despotismo budista o cualquier otra cosa.

SOBRE EL AUTOR
Luis Alfonso Gámez es periodista y representante de Pensar en España.

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